Por:
Melissa Castellanos, Steeventh Castaño y Camilo López
“Les contaré que cuatro estudiantes del Colegio Filipense de Manizales, partimos un día de abril a realizar una bonita labor, queríamos ofrecer algo a alguien, ayudar a los demás, buscar gentes necesitadas de veredas cercanas a la ciudad de Medellín. Nos embarcamos en esta aventura en compañía de otros jóvenes que venían de diferentes partes del país Cartagena, Cúcuta, Pasto, Bogotá, Bucaramanga y Medellín y que deseaban lo mismo: tener una experiencia de misión para hacer el bien a otros.
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Al principio parecía emocionante viajar entre amigos y compartirlo todo, pero nos esperaba una sorpresa, seríamos separados en grupos de misión diferentes y deberíamos enfrentarnos solos a esta experiencia. Lo primero era conocer a los nuevos compañeros de esta semana que teníamos por delante, luego dividirnos en grupos para cocinar y hacer los oficios del lugar en el que nos hospedábamos, organizar las visitas a las familias de las veredas, definir los espacios de catequesis y encuentro con adultos, niños y jóvenes. Lo más importante fue la gran respuesta de esta Comunidades que acudieron a todas las celebraciones programadas en torno a los misterios de Cristo: su vida, pasión, muerte y resurrección”.
“De Manizales salimos a las 6 de la mañana de un domingo y llegamos a Medellín a las 10 a.m., la religiosa que nos acompañaba, hermana Filipense Ludys Lemos, nos contó que estábamos tarde con respecto a la hora en que nos deberían recoger; sin embargo todo transcurrió bien y en la noche ya nos encontrábamos cada uno en sus respectivos grupos. Yo me encontraba en la vereda “Santa Ángela”.
El lunes nos levantamos a las 6 de la mañana, el baño era “a punta de manguera” que nos poníamos unos a otros; luego oramos en grupo, desayunamos y cada quién recibía una tarea: trabajar con los niños o con los jóvenes de la vereda, cocinar, visitar familias etc.
Uno no sabe de lo que es capaz hasta que se encuentra en el campamento misión: a mí por ejemplo no me gusta trabajar con niños, pero al hacerlo en la misión lo pasé muy bueno, esos niños son muy graciosos, juiciosos e inteligentes.
Por la tarde íbamos de visita a las casas mientras otros se quedaban en la comisión de alimentos o con los jóvenes; en las vistas rezábamos con la gente y ellos se portaban muy amables con nosotros, solamente hubo una persona que no estuvo de acuerdo con que fuéramos a rezar con ella y se portó grosera, también se presentó en algún momento una situación que hizo llorar a una misionera por algo que le dijo un niño algo grosero, pero todo era parte de la experiencia. Cuando regresamos al lugar de encuentro los jóvenes estaban todavía en actividad. Ya en la noche, todos juntos, preparábamos las tareas del otro día y contamos historias de miedo.
A las once de la noche el cansancio era general, pero resultaba importante hacer juntos la oración y evaluar el día, para que el siguiente fuera muy exitoso, por eso pasamos un hermoso momento que terminó a las 12:30 de la noche”.
Experiencia de una misionera:
“Yo tenía muchas expectativas e interrogantes respecto a cómo la gente nos iba a recibir. Me impresionó la vereda Montealbenia, donde vivía gente con muy pocos recursos y otra gente con mucho dinero – gran contraste -. Lo otro que me impactó fue lo poca gente que vivía en el lugar y a pesar de ello la disposición y colaboración para trabajar juntos y poder evangelizar.
Era necesario trabajar fuerte y así lo hicimos, pero los rostros de satisfacción de los pobladores, lo valían.
Doña Tulia, una señora muy católica de la vereda, murió durante esta misión. La habíamos visitado y hecho oración con ella y cuando apenas habíamos recorrido dos horas de camino regresando de su casa los misioneros fuimos informados de que había fallecido. Noticia que nos causó gran impresión.
Cada campamento misión – aunque ya he estado en varios – parece el primero. Porque cada persona y experiencia nueva es un aprendizaje que puede aplicarse al resto de nuestra vida”.




